Desde hace unos años se ha levantado una polémica donde se entrecruzan diferentes debates. Sin duda, las discusiones hacen referencia a las preocupaciones sobre el futuro que nos espera y los retos de un mundo que se resquebraja a marchas forzadas. Bajo este enfoque, los escenarios oscilan entre las visiones más pesimistas a las, como no podía ser de otro modo, más optimistas. Conservadores, neoliberales, socialdemócratas e izquierda están abocados a construir estrategias tendentes a corroborar y descalificar alternativas sobre el alcance y profundidad de la crisis capitalista actual, las luchas anticapitalistas, las perspectivas de la democracia y la viabilidad del socialismo.
Para no errar en los análisis debemos partir de un marco contextual. Nos encontramos inmersos en el modo de producción capitalista, siendo sus trasformaciones lo que marca el tiempo de lo político. Hoy, todo valor de uso puede ser transformado en mercancía. Nada se resiste a su lógica. El ejemplo más evidente proviene del propio cuerpo humano. Ojos, riñones, hígados, huesos, tendones, etcétera, tienen un valor de cambio. Así, por un lado, las clases populares, explotadas y dominadas aportan sus órganos para enfrentar el hambre; mientras tanto, las burguesías y los sectores medios se benefician de la pobreza que obliga a vender cada órgano acorde a la oferta y demanda. Los receptores alargan su vida y los "donantes" forzados, pueden pagar sus deudas y comer durante algún tiempo. Cuando llegamos a este punto, los límites éticos los engulle el mercado.
Sin embargo, para los acólitos del progreso, poder acceder a un banco privado de retinas, plasma, sangre o riñones debe considerarse un avance civilizatorio científico-técnico. Nada puede resistirse al tren del progreso, y si existen efectos no deseados como el calentamiento global, la contaminación o la degradación ecológica, será la propia revolución científico-técnica quien cree los antídotos, revirtiendo y reparando el daño infringido. Por tanto se puede seguir profundizando en esta dirección y no alterar la bitácora de viaje.
Nada más lejos de la realidad, dichos argumentos podemos clasificarlos de temerarios e irresponsables. De continuar con la dinámica depredadora del capitalismo, acabaremos ahondando en el proceso deshumanizador cuya primera consecuencia, será la implantación definitiva de estados totalitarios. Si el mercado impone su lógica sin contrapesos, las contradicciones del imperialismo contemporáneo nos llevarán, de forma casi segura, a una guerra sin cuartel por apropiarse de los recursos naturales, imperando la ley del más fuerte. En este plano, estamos ante una disyuntiva que obliga a cambiar de rumbo y pensar en otro modo de producción y de vida, si no queremos asistir a una catástrofe irreversible de proporciones planetarias como parte del quehacer del capitalismo del siglo XXI.
Puestos en esta situación, la lucha teórica se ubica en el primer plano de la batalla política, más allá de tertulias eruditas de café. Ya no es posible, si alguna vez lo fue, emprender una reflexión sobre alternativas y cambio social democrático al margen de los procesos de liberación que abren nuevas formas de pensar y actuar. Ejemplos de esta unidad entre luchas democráticas, de liberación nacional y anticapitalista la hayamos en el Sumak Kawsay o el buen vivir que impulsa la nueva constitución del Ecuador; asimismo, forma parte del Estado plurinacional y la ciudadanía plena definidos en Carta Magna boliviana, pero también está presente en los Municipios Autónomos de Rebeldía Zapatista; sin olvidarnos de los aportes provenientes de la revolución cubana y las propuestas lanzadas por la República Bolivariana de Venezuela, el ALBA y el Banco del Sur, entre las destacadas.
Desentrañar los equívocos del progresismo
En esta lucha por imponer y dar por buena la lógica sistémica del capitalismo se enquista la mentalidad progresista social-conformista. Sus analistas más influyentes proceden de aquella intelectualidad autodefinida como progresistas de izquierda. Sus fundamentos teóricos y políticos sirven de apoyo a las políticas más perversas del capitalismo con el fin de dotarlo de un rostro humano.
Desentrañar equívocos y desmantelar la mentalidad progresista del mundo, nos obliga a realizar una inmersión en su método y postulados. En primer lugar, introducen la crítica en el argumento, haciendo inviable cualquier discusión rigurosa. En segundo término falsean la naturaleza de instituciones y le quitan su esencia capitalista. Así, un banco podría una entidad caritativa, las clínicas privadas practicar la medicina preventiva y las universidades privadas desear la gratuidad de la enseñanza superior. En tercer lugar, el pensamiento progresista confunde la realidad con sus deseos.
Bajo este paraguas, sus mentes pensantes, construyen un mundo dual, en el cual se enfrentan las fuerzas progresistas contra una derecha cavernícola. De la noche a la mañana y por arte de magia, debemos entender que ser progresista consiste en ponerse al lado de los desamparados, los dominados, explotados y excluidos. Así, el principal atributo de los progresistas consiste en cubrir con un manto de sensibilidad social sus políticas públicas. De esta manera tan laxa, todos aquellos que posean dicho atributo, deben considerarse progresistas y soldados combatientes en la lucha contra la derecha oscurantista y neoliberal. Incluso, algunos podrían confundirse con los bien intencionados socialdemócratas del siglo XXI.
Los ejemplos de hombres y mujeres imbuidos del halo progresista son muchos. Podemos empezar la lista con el todo poderoso Billy Gates. En su haber debemos apuntar su decisión de donar la mitad de su fortuna a obras sociales y el apoyar la candidatura del, hoy presidente de los Estados Unidos, Barack Obama. En segundo lugar, situaríamos a la mismísima reina de Gran Bretaña al financiar, de su bolsillo, a jóvenes universitarios de escasos recursos para que puedan concluir sus investigaciones y tesis doctorales. El siguiente militante progresista recaería en la figura de George Soros, empresario filántropo, mecenas del arte y la cultura. En esta lista de progresistas no podía faltar Carlos Slim, empresario mexicano, preocupado por el buen hacer de las políticas sociales de los gobiernos, con alto grado de sensibilidad social. Y ene sta lista no podemos olvidarnos como olvidarnos de los grandes banqueros. Ellos son la personificación del altruismo, invierten una proporción de sus beneficios en obra social. Financian universidades públicas, se comprometen en la defensa del medio ambiente y emprenden campañas por la integración de los disminuidos psíquicos y físicos al mercado de trabajo. sería del todo injusto sustraerles el apelativo de progresistas. En fin, podríamos afirmar, sin temor a equivocarnos, que organismos y personas partidarios de luchar contra el efecto invernadero o salvar al lince ibérico son progresistas por convicción.
Esta amalgama de sujetos, entre los que se encuentran empresarios, monarcas, industriales, políticos y banqueros pueden dormir tranquilos, ellos poseen un plácet progresista otorgado por las autoridades pertenecientes a la izquierda del neoliberalismo. De esta manera Brigitte Bardott puede ser considerada su estandarte cuando se muestra su rechazo a la matanza de las focas para el tráfico de pieles. Pero no atino a corroborar su progresismo cuando muestra su simpatía por el ultraderechista Le Pen al tiempo que pide la expulsión inmediata y sin derecho de habeas corpus de los inmigrantes ilegales de Francia. En esta circunstancia me asaltan dudas y me pregunto: ¿Puedo aliarme con Briggite Bardott en la lucha por evitar una muerte cruel de las indefensas focas y dejar a un lado su ideológica neofascista? La perplejidad con rasgos esquizofrénicos se adueña de mi persona y se hace aún más evidente cuando de su boca escucho las siguientes declaraciones: "Hemos perdido el derecho a escandalizarnos cuando los clandestinos y pordioseros profanan nuestras iglesias y las transforman en pocilgas humanas, cagando detrás del altar o haciendo pis en las columnas, expandiendo sus olores nauseabundos bajo las bóvedas sagradas".
Tal vez deba tomar un respiro, hacer tripas corazón y ver el lado positivo: Brigitte Bardott, ha sido una sex-simbol, no importa que sea racista y xenófoba, a fin de cuenta tiene un corazón progresista cuando se trata de focas. Por consiguiente, tomaré su mano le investiré de progresismo y para justificarme, me ampararé en el dicho popular: "no importa de qué color sea el gato, blanco o negro, lo importante es que cace ratones".
Llegados a este punto de ingenuidad política, por decir lo menos, se puede justificar cualquier tipo de alianza contra natura. Por la mañana me levanto progresista y por la noche me acuesto conservador. De esta guisa, asistimos a un acto deliberado de no querer ver , oír y escuchar. Por decisión pragmática, los progresistas se desprenden del juicio crítico, aparcan la conciencia y renuncian a la construcción de una voluntad política liberadora. El socialconformismo político y teórico prefiere combatir y criticar a la izquierda anticapitalista, antes que cuestionar sus preciados gobiernos progresistas, Argentina, Uruguay, Brasil o Nicaragua, avalando conductas reaccionarias y apoyándose en sus socios, los banqueros y empresarios progresistas impregnados de sensibilidad social.
La contradicción no es progresistas versus derecha cavernícola
Es a todas luces, un desatino afirmar que un gobierno adjetivado de progresista, por arte de magia, tiene como objetivo luchar contra el gran capital y las transnacionales. En este principio se esconde su renuncia a luchar contra el capitalismo. si nos atenemos a la historia, la contradicción no es progresistas versus derecha cavernícola. En rigor, el origen del concepto progresista proviene del campo liberal y en él se incuba la idea de progreso. Salvo que los social-conformistas digan otra cosa, la izquierda política y teórica no se adhiere a la idea de progreso. Para quienes duden y muestren sorpresa, sugiero releer el libro de Federico Engels: El origen de la familia, el estado y la propiedad privada. Y si algunos desatienden el consejo por considerarlo poco científico y dogmático, recomiendo acudir a la lectura de dos textos fundamentales para comprender la idea de progreso y su diferencia con teoría de la evolución, campo en el cual se reconoce la izquierda política. Me refiero a la obra de John Bury: La idea de progreso. Alianza Editorial 1984; y a los escritos de Stephen Jay Gould: La Estructura de la teoría de la evolución; La falsa medida del hombre; La grandeza de la vida; y La vida Maravillosa. Todos publicados por Editorial Crítica, Barcelona.
Con lo expuesto no se niega la existencia de contradicciones al interior de las clases dominantes, ni se desconoce la diferencia entre el capitalismo propuesto por Hayek y Keynes. De sobra sabemos que existen distancias teóricas y políticas. Tampoco es de recibo anular los matices ideológicos presentes entre los gobiernos de la Concertación en Chile y el actual, encabezado por el empresario Sebastián Piñera. Tampoco es igual que gobierne el PAN o el PRD en México. Pensarlo y decirlo demostraría miopía política y una gran dosis de ignorancia. Pero, una vez enunciado lo evidente, no podemos quedarnos en la superficie. Aún no conozco, en la praxis política, una fórmula que permita soslayar la lucha de clases para describir el papel y el lugar que ocupan los sujetos políticos en las estructuras sociales y de poder. En esta lógica, los progresistas pertenecientes a la izquierda del neoliberalismo, confunden la lucha por construir una nación democrática articuladora de ciudadanía política plena y con procesos promovidos por gobiernos de la derecha enquistados en discursos populistas. Eso forma parte de la historia latinoamericana. Los estados y regímenes oligárquicos eran excluyentes, censitarios y represivos. Las luchas democráticas se inscriben en esta dimensión por crear ciudadanía, bajo una perspectiva antiimperialista, antioligárquica y de liberación nacional.
Igualmente, el socialconformismo, sin vergüenza alguna, acusa a la izquierda "radical" y "anticapitalista" de no entender las transformaciones del estado capitalista contemporáneo y no ver la relación existente entre viejos y nuevos movimientos sociales y los partidos políticos. De paso y sin arrugarse la cara, los progresistas dicen tender la mano a la izquierda anticapitalista para demostrar su tolerancia, subrayando que es la derecha la que busca dividir al bloque de progreso y no ellos. Son portadores de un pensamiento gelatinoso que les incapacita para comprender que no es oro todo lo que reluce. Los movimientos sociales no son la panacea ni todos se alinean en la izquierda. Baste recordar que en Chile, durante el gobierno de la Unidad Popular, se configuraron los más poderosos movimientos sociales de derecha, bajo la estrategia del gremialismo. El ejemplo se puede extender a cualquier movimiento social, sea de género, étnico, de clase o cultural.
Si renunciamos a utilizar las categorías básicas para explicar la dinámica del capitalismo global, las posibilidades de construir alternativas se reducen al mínimo, sino desaparecen del todo. Y es esto lo que sucede con los progresistas, pierden de vista la contradicción capital y el trabajo, de esta manera, la realidad se torna un conjunto indeterminado de factores de la cual acaban por desaparecer las diferencias entre explotados y explotadores. Y no se trata de un reduccionismo infantil, cuestión de la que sí pecan los progresistas adscritos a la izquierda del neoliberalismo, cuando justifican el vicepresidente neoliberal del gobierno Lula y dan su apoyo a Cristina Kirchner, o pasan por alto la persecución y encarcelamiento de las mujeres que practiquen el aborto en la "progresista" Nicaragua del presidente Daniel Ortega. Para este viaje no se necesitan alforjas. Siempre se puede argumentar que existe una derecha más reaccionaria que justifique alianzas progresistas entre empresarios, banqueros, iglesia y la izquierda neoliberal. Es el mismo argumento utilizado por James Bond contra el Doctor No. En medio de la tortura y a punto de ser seccionado por el potente rayo laser, el agente 007 en un acto desesperado para salvar la vida, en un tono firme declama: "si muero vendrá 008, un agente mejor preparado y sin remordimientos". Con el miedo en el cuerpo, sus captores deciden perdonarle la vida. No sea que el siguiente, realmente acabe con ellos. El argumento perverso se enquista en la mente de los progresistas. Es preferible diablo conocido que ángel por conocer. Sin embargo, un ejercicio de dialéctico no viene mal. Los progresistas con ello están justificando su comportamiento pero son incapaces de interpretar porqué actúan como lo hacen. Por ello luego viene las sorpresas. A la hora de la verdad, las clases dominantes no les duelen prendas a la hora de patrocinar golpes de Estado si con ello se juegan su porvenir. En momentos de crisis se quitan la careta democrática.
¿Cómo interpretar el acuerdo entre liberales y conservadores hondureños a la hora de perpetrar el golpe de Estado contra el presidente Manuel Zelaya? Cualquier análisis de coyuntura debe considerar esta posibilidad a la hora de elaborar estrategias de cambio social democráticas. No por ello, debemos obviar, que en el siglo pasado, los golpes de Estado tomaron, en algunos casos, direcciones contrarias a la doctrina de la seguridad nacional diseñada por los Estados Unidos. En Bolivia no fue lo mismo Banzer que Torres. Tampoco en Perú lo son Velasco Alvarado o Bermúdez. En Panamá Omar Torrijos no era un gorila como lo fue Castelo Branco en Brasil o Pinochet en Chile. Pero todos ellos tenían en común ser militares, una verdad de Perogrullo. Sin embargo, pretender bajo este principio, abstraer las realidades nacionales es manipular la historia. En este sentido, los progresistas alineados al socialconformismo no son capaces de explicar las causas de la actual militarización en Perú, Colombia, México, Panamá y Honduras. Aún así, no es lo mismo Alan García en Perú que Micheletti en panamá, Lobo en Honduras o el sucesor de Álvaro Uribe en Colombia, Juan Manuel Santos.
El socialconformismo de contingencia tampoco ha sido capaz de dar una respuesta a los recortes sindicales y derechos laborales llevados a cabo por los gobiernos progresistas. Ellos prefieren recurrir a las macrocifras para justificar el éxito de sus políticas. Aducen a la disminución de la pobreza extrema en países como Brasil, Argentina, Chile y Uruguay, pero se olvidan que la desigualdad económica aumentó en los dos últimos decenios. Basta leer el último informe de CEPAL presentado en junio de 2010: La hora de la igualdad. Brecha por cerrar, caminos por abrir.
Los progresistas adscritos a la izquierda neoliberal, no logran entender las transformaciones del estado capitalista. Son incapaces de visualizar como las instituciones estatales se han reformado mostrando una gran plasticidad a la hora de promover la desregulación, la descentralización y la privatización. El Estado no es débil. No verlo, es confundir lo estatal con lo público. De lo contrario no se puede explicar su actuación cuando autoriza la entrega de dinero público a los bancos para salir de su crisis, y son cientos de miles de millones de euros y dólares.
Tampoco es cierto que la derecha sitúe a la política en un lugar intrascendente, como señalan los progresistas. Para el neoliberalismo, pierde su centralidad, no por ello deja de tener importancia. Hoy, la política se "despolitiza", no supone luchar por el poder político, de allí que se hable de alternancia y no de alternativa. Así nace la nueva gestión pública, cuyo objetivo es trasladas las prácticas empresariales a la administración. En otras palabras, dotar de racionalidad y eficacia las instituciones estatales. Esa es función asignada a la acción política. En otras palabras, estamos asistiendo a una nueva relación entre población, seguridad y territorio. Se trata de una gobernabilidad oligárquica y pre- totalitaria. No querer ver esta realidad es miopía política y teórica.
Por último, el progresismo social-conformista se viste con un traje alquilado, y se presenta como izquierda responsable y defensora del orden institucional. Prefieren gestionar el capitalismo y ser su ala de izquierda, antes que reconocerse en las luchas anticapitalistas, antiimperialistas y democráticas. Por consiguiente, también hacen pública renuncia de la lucha teórica. Ellos, han perdido el norte y en su debacle, prefieren convertirse en portavoces "autorizados" de gobiernos progresistas que los utilizan en pro de sus intereses. Todo sea por aumentar sus cuentas bancarias y sacarse fotos con el poder. En conclusión, me inclino por pensar que es más idóneo hablar de una crisis de teóricos vulgares deseosos de ser absorbidos por el sistema, que plantearme una inexistente crisis teórica. ese es el verdadero debate.
Para no errar en los análisis debemos partir de un marco contextual. Nos encontramos inmersos en el modo de producción capitalista, siendo sus trasformaciones lo que marca el tiempo de lo político. Hoy, todo valor de uso puede ser transformado en mercancía. Nada se resiste a su lógica. El ejemplo más evidente proviene del propio cuerpo humano. Ojos, riñones, hígados, huesos, tendones, etcétera, tienen un valor de cambio. Así, por un lado, las clases populares, explotadas y dominadas aportan sus órganos para enfrentar el hambre; mientras tanto, las burguesías y los sectores medios se benefician de la pobreza que obliga a vender cada órgano acorde a la oferta y demanda. Los receptores alargan su vida y los "donantes" forzados, pueden pagar sus deudas y comer durante algún tiempo. Cuando llegamos a este punto, los límites éticos los engulle el mercado.
Sin embargo, para los acólitos del progreso, poder acceder a un banco privado de retinas, plasma, sangre o riñones debe considerarse un avance civilizatorio científico-técnico. Nada puede resistirse al tren del progreso, y si existen efectos no deseados como el calentamiento global, la contaminación o la degradación ecológica, será la propia revolución científico-técnica quien cree los antídotos, revirtiendo y reparando el daño infringido. Por tanto se puede seguir profundizando en esta dirección y no alterar la bitácora de viaje.
Nada más lejos de la realidad, dichos argumentos podemos clasificarlos de temerarios e irresponsables. De continuar con la dinámica depredadora del capitalismo, acabaremos ahondando en el proceso deshumanizador cuya primera consecuencia, será la implantación definitiva de estados totalitarios. Si el mercado impone su lógica sin contrapesos, las contradicciones del imperialismo contemporáneo nos llevarán, de forma casi segura, a una guerra sin cuartel por apropiarse de los recursos naturales, imperando la ley del más fuerte. En este plano, estamos ante una disyuntiva que obliga a cambiar de rumbo y pensar en otro modo de producción y de vida, si no queremos asistir a una catástrofe irreversible de proporciones planetarias como parte del quehacer del capitalismo del siglo XXI.
Puestos en esta situación, la lucha teórica se ubica en el primer plano de la batalla política, más allá de tertulias eruditas de café. Ya no es posible, si alguna vez lo fue, emprender una reflexión sobre alternativas y cambio social democrático al margen de los procesos de liberación que abren nuevas formas de pensar y actuar. Ejemplos de esta unidad entre luchas democráticas, de liberación nacional y anticapitalista la hayamos en el Sumak Kawsay o el buen vivir que impulsa la nueva constitución del Ecuador; asimismo, forma parte del Estado plurinacional y la ciudadanía plena definidos en Carta Magna boliviana, pero también está presente en los Municipios Autónomos de Rebeldía Zapatista; sin olvidarnos de los aportes provenientes de la revolución cubana y las propuestas lanzadas por la República Bolivariana de Venezuela, el ALBA y el Banco del Sur, entre las destacadas.
Desentrañar los equívocos del progresismo
En esta lucha por imponer y dar por buena la lógica sistémica del capitalismo se enquista la mentalidad progresista social-conformista. Sus analistas más influyentes proceden de aquella intelectualidad autodefinida como progresistas de izquierda. Sus fundamentos teóricos y políticos sirven de apoyo a las políticas más perversas del capitalismo con el fin de dotarlo de un rostro humano.
Desentrañar equívocos y desmantelar la mentalidad progresista del mundo, nos obliga a realizar una inmersión en su método y postulados. En primer lugar, introducen la crítica en el argumento, haciendo inviable cualquier discusión rigurosa. En segundo término falsean la naturaleza de instituciones y le quitan su esencia capitalista. Así, un banco podría una entidad caritativa, las clínicas privadas practicar la medicina preventiva y las universidades privadas desear la gratuidad de la enseñanza superior. En tercer lugar, el pensamiento progresista confunde la realidad con sus deseos.
Bajo este paraguas, sus mentes pensantes, construyen un mundo dual, en el cual se enfrentan las fuerzas progresistas contra una derecha cavernícola. De la noche a la mañana y por arte de magia, debemos entender que ser progresista consiste en ponerse al lado de los desamparados, los dominados, explotados y excluidos. Así, el principal atributo de los progresistas consiste en cubrir con un manto de sensibilidad social sus políticas públicas. De esta manera tan laxa, todos aquellos que posean dicho atributo, deben considerarse progresistas y soldados combatientes en la lucha contra la derecha oscurantista y neoliberal. Incluso, algunos podrían confundirse con los bien intencionados socialdemócratas del siglo XXI.
Los ejemplos de hombres y mujeres imbuidos del halo progresista son muchos. Podemos empezar la lista con el todo poderoso Billy Gates. En su haber debemos apuntar su decisión de donar la mitad de su fortuna a obras sociales y el apoyar la candidatura del, hoy presidente de los Estados Unidos, Barack Obama. En segundo lugar, situaríamos a la mismísima reina de Gran Bretaña al financiar, de su bolsillo, a jóvenes universitarios de escasos recursos para que puedan concluir sus investigaciones y tesis doctorales. El siguiente militante progresista recaería en la figura de George Soros, empresario filántropo, mecenas del arte y la cultura. En esta lista de progresistas no podía faltar Carlos Slim, empresario mexicano, preocupado por el buen hacer de las políticas sociales de los gobiernos, con alto grado de sensibilidad social. Y ene sta lista no podemos olvidarnos como olvidarnos de los grandes banqueros. Ellos son la personificación del altruismo, invierten una proporción de sus beneficios en obra social. Financian universidades públicas, se comprometen en la defensa del medio ambiente y emprenden campañas por la integración de los disminuidos psíquicos y físicos al mercado de trabajo. sería del todo injusto sustraerles el apelativo de progresistas. En fin, podríamos afirmar, sin temor a equivocarnos, que organismos y personas partidarios de luchar contra el efecto invernadero o salvar al lince ibérico son progresistas por convicción.
Esta amalgama de sujetos, entre los que se encuentran empresarios, monarcas, industriales, políticos y banqueros pueden dormir tranquilos, ellos poseen un plácet progresista otorgado por las autoridades pertenecientes a la izquierda del neoliberalismo. De esta manera Brigitte Bardott puede ser considerada su estandarte cuando se muestra su rechazo a la matanza de las focas para el tráfico de pieles. Pero no atino a corroborar su progresismo cuando muestra su simpatía por el ultraderechista Le Pen al tiempo que pide la expulsión inmediata y sin derecho de habeas corpus de los inmigrantes ilegales de Francia. En esta circunstancia me asaltan dudas y me pregunto: ¿Puedo aliarme con Briggite Bardott en la lucha por evitar una muerte cruel de las indefensas focas y dejar a un lado su ideológica neofascista? La perplejidad con rasgos esquizofrénicos se adueña de mi persona y se hace aún más evidente cuando de su boca escucho las siguientes declaraciones: "Hemos perdido el derecho a escandalizarnos cuando los clandestinos y pordioseros profanan nuestras iglesias y las transforman en pocilgas humanas, cagando detrás del altar o haciendo pis en las columnas, expandiendo sus olores nauseabundos bajo las bóvedas sagradas".
Tal vez deba tomar un respiro, hacer tripas corazón y ver el lado positivo: Brigitte Bardott, ha sido una sex-simbol, no importa que sea racista y xenófoba, a fin de cuenta tiene un corazón progresista cuando se trata de focas. Por consiguiente, tomaré su mano le investiré de progresismo y para justificarme, me ampararé en el dicho popular: "no importa de qué color sea el gato, blanco o negro, lo importante es que cace ratones".
Llegados a este punto de ingenuidad política, por decir lo menos, se puede justificar cualquier tipo de alianza contra natura. Por la mañana me levanto progresista y por la noche me acuesto conservador. De esta guisa, asistimos a un acto deliberado de no querer ver , oír y escuchar. Por decisión pragmática, los progresistas se desprenden del juicio crítico, aparcan la conciencia y renuncian a la construcción de una voluntad política liberadora. El socialconformismo político y teórico prefiere combatir y criticar a la izquierda anticapitalista, antes que cuestionar sus preciados gobiernos progresistas, Argentina, Uruguay, Brasil o Nicaragua, avalando conductas reaccionarias y apoyándose en sus socios, los banqueros y empresarios progresistas impregnados de sensibilidad social.
La contradicción no es progresistas versus derecha cavernícola
Es a todas luces, un desatino afirmar que un gobierno adjetivado de progresista, por arte de magia, tiene como objetivo luchar contra el gran capital y las transnacionales. En este principio se esconde su renuncia a luchar contra el capitalismo. si nos atenemos a la historia, la contradicción no es progresistas versus derecha cavernícola. En rigor, el origen del concepto progresista proviene del campo liberal y en él se incuba la idea de progreso. Salvo que los social-conformistas digan otra cosa, la izquierda política y teórica no se adhiere a la idea de progreso. Para quienes duden y muestren sorpresa, sugiero releer el libro de Federico Engels: El origen de la familia, el estado y la propiedad privada. Y si algunos desatienden el consejo por considerarlo poco científico y dogmático, recomiendo acudir a la lectura de dos textos fundamentales para comprender la idea de progreso y su diferencia con teoría de la evolución, campo en el cual se reconoce la izquierda política. Me refiero a la obra de John Bury: La idea de progreso. Alianza Editorial 1984; y a los escritos de Stephen Jay Gould: La Estructura de la teoría de la evolución; La falsa medida del hombre; La grandeza de la vida; y La vida Maravillosa. Todos publicados por Editorial Crítica, Barcelona.
Con lo expuesto no se niega la existencia de contradicciones al interior de las clases dominantes, ni se desconoce la diferencia entre el capitalismo propuesto por Hayek y Keynes. De sobra sabemos que existen distancias teóricas y políticas. Tampoco es de recibo anular los matices ideológicos presentes entre los gobiernos de la Concertación en Chile y el actual, encabezado por el empresario Sebastián Piñera. Tampoco es igual que gobierne el PAN o el PRD en México. Pensarlo y decirlo demostraría miopía política y una gran dosis de ignorancia. Pero, una vez enunciado lo evidente, no podemos quedarnos en la superficie. Aún no conozco, en la praxis política, una fórmula que permita soslayar la lucha de clases para describir el papel y el lugar que ocupan los sujetos políticos en las estructuras sociales y de poder. En esta lógica, los progresistas pertenecientes a la izquierda del neoliberalismo, confunden la lucha por construir una nación democrática articuladora de ciudadanía política plena y con procesos promovidos por gobiernos de la derecha enquistados en discursos populistas. Eso forma parte de la historia latinoamericana. Los estados y regímenes oligárquicos eran excluyentes, censitarios y represivos. Las luchas democráticas se inscriben en esta dimensión por crear ciudadanía, bajo una perspectiva antiimperialista, antioligárquica y de liberación nacional.
Igualmente, el socialconformismo, sin vergüenza alguna, acusa a la izquierda "radical" y "anticapitalista" de no entender las transformaciones del estado capitalista contemporáneo y no ver la relación existente entre viejos y nuevos movimientos sociales y los partidos políticos. De paso y sin arrugarse la cara, los progresistas dicen tender la mano a la izquierda anticapitalista para demostrar su tolerancia, subrayando que es la derecha la que busca dividir al bloque de progreso y no ellos. Son portadores de un pensamiento gelatinoso que les incapacita para comprender que no es oro todo lo que reluce. Los movimientos sociales no son la panacea ni todos se alinean en la izquierda. Baste recordar que en Chile, durante el gobierno de la Unidad Popular, se configuraron los más poderosos movimientos sociales de derecha, bajo la estrategia del gremialismo. El ejemplo se puede extender a cualquier movimiento social, sea de género, étnico, de clase o cultural.
Si renunciamos a utilizar las categorías básicas para explicar la dinámica del capitalismo global, las posibilidades de construir alternativas se reducen al mínimo, sino desaparecen del todo. Y es esto lo que sucede con los progresistas, pierden de vista la contradicción capital y el trabajo, de esta manera, la realidad se torna un conjunto indeterminado de factores de la cual acaban por desaparecer las diferencias entre explotados y explotadores. Y no se trata de un reduccionismo infantil, cuestión de la que sí pecan los progresistas adscritos a la izquierda del neoliberalismo, cuando justifican el vicepresidente neoliberal del gobierno Lula y dan su apoyo a Cristina Kirchner, o pasan por alto la persecución y encarcelamiento de las mujeres que practiquen el aborto en la "progresista" Nicaragua del presidente Daniel Ortega. Para este viaje no se necesitan alforjas. Siempre se puede argumentar que existe una derecha más reaccionaria que justifique alianzas progresistas entre empresarios, banqueros, iglesia y la izquierda neoliberal. Es el mismo argumento utilizado por James Bond contra el Doctor No. En medio de la tortura y a punto de ser seccionado por el potente rayo laser, el agente 007 en un acto desesperado para salvar la vida, en un tono firme declama: "si muero vendrá 008, un agente mejor preparado y sin remordimientos". Con el miedo en el cuerpo, sus captores deciden perdonarle la vida. No sea que el siguiente, realmente acabe con ellos. El argumento perverso se enquista en la mente de los progresistas. Es preferible diablo conocido que ángel por conocer. Sin embargo, un ejercicio de dialéctico no viene mal. Los progresistas con ello están justificando su comportamiento pero son incapaces de interpretar porqué actúan como lo hacen. Por ello luego viene las sorpresas. A la hora de la verdad, las clases dominantes no les duelen prendas a la hora de patrocinar golpes de Estado si con ello se juegan su porvenir. En momentos de crisis se quitan la careta democrática.
¿Cómo interpretar el acuerdo entre liberales y conservadores hondureños a la hora de perpetrar el golpe de Estado contra el presidente Manuel Zelaya? Cualquier análisis de coyuntura debe considerar esta posibilidad a la hora de elaborar estrategias de cambio social democráticas. No por ello, debemos obviar, que en el siglo pasado, los golpes de Estado tomaron, en algunos casos, direcciones contrarias a la doctrina de la seguridad nacional diseñada por los Estados Unidos. En Bolivia no fue lo mismo Banzer que Torres. Tampoco en Perú lo son Velasco Alvarado o Bermúdez. En Panamá Omar Torrijos no era un gorila como lo fue Castelo Branco en Brasil o Pinochet en Chile. Pero todos ellos tenían en común ser militares, una verdad de Perogrullo. Sin embargo, pretender bajo este principio, abstraer las realidades nacionales es manipular la historia. En este sentido, los progresistas alineados al socialconformismo no son capaces de explicar las causas de la actual militarización en Perú, Colombia, México, Panamá y Honduras. Aún así, no es lo mismo Alan García en Perú que Micheletti en panamá, Lobo en Honduras o el sucesor de Álvaro Uribe en Colombia, Juan Manuel Santos.
El socialconformismo de contingencia tampoco ha sido capaz de dar una respuesta a los recortes sindicales y derechos laborales llevados a cabo por los gobiernos progresistas. Ellos prefieren recurrir a las macrocifras para justificar el éxito de sus políticas. Aducen a la disminución de la pobreza extrema en países como Brasil, Argentina, Chile y Uruguay, pero se olvidan que la desigualdad económica aumentó en los dos últimos decenios. Basta leer el último informe de CEPAL presentado en junio de 2010: La hora de la igualdad. Brecha por cerrar, caminos por abrir.
Los progresistas adscritos a la izquierda neoliberal, no logran entender las transformaciones del estado capitalista. Son incapaces de visualizar como las instituciones estatales se han reformado mostrando una gran plasticidad a la hora de promover la desregulación, la descentralización y la privatización. El Estado no es débil. No verlo, es confundir lo estatal con lo público. De lo contrario no se puede explicar su actuación cuando autoriza la entrega de dinero público a los bancos para salir de su crisis, y son cientos de miles de millones de euros y dólares.
Tampoco es cierto que la derecha sitúe a la política en un lugar intrascendente, como señalan los progresistas. Para el neoliberalismo, pierde su centralidad, no por ello deja de tener importancia. Hoy, la política se "despolitiza", no supone luchar por el poder político, de allí que se hable de alternancia y no de alternativa. Así nace la nueva gestión pública, cuyo objetivo es trasladas las prácticas empresariales a la administración. En otras palabras, dotar de racionalidad y eficacia las instituciones estatales. Esa es función asignada a la acción política. En otras palabras, estamos asistiendo a una nueva relación entre población, seguridad y territorio. Se trata de una gobernabilidad oligárquica y pre- totalitaria. No querer ver esta realidad es miopía política y teórica.
Por último, el progresismo social-conformista se viste con un traje alquilado, y se presenta como izquierda responsable y defensora del orden institucional. Prefieren gestionar el capitalismo y ser su ala de izquierda, antes que reconocerse en las luchas anticapitalistas, antiimperialistas y democráticas. Por consiguiente, también hacen pública renuncia de la lucha teórica. Ellos, han perdido el norte y en su debacle, prefieren convertirse en portavoces "autorizados" de gobiernos progresistas que los utilizan en pro de sus intereses. Todo sea por aumentar sus cuentas bancarias y sacarse fotos con el poder. En conclusión, me inclino por pensar que es más idóneo hablar de una crisis de teóricos vulgares deseosos de ser absorbidos por el sistema, que plantearme una inexistente crisis teórica. ese es el verdadero debate.
Marcos Roitman Rosenmann
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