Se desató un nuevo conflicto “pingüino”. No por la derogación de la LGE (ex Loce), ni para terminar con la municipalización de la educación o por la gratuidad del pase escolar y la PSU. Ahora es por el derecho a la vida. Si bien los pingüinos de Punta de Choros no se pueden manifestar, sus amigos desataron masivas movilizaciones en repudio a la aprobación de la central termoeléctrica de Barrancones.
La aprobación de la termoeléctrica por los funcionarios de Corema designados por Piñera, marca un nuevo incumplimiento de sus promesas de campaña, y el desprecio de la clase política por el pueblo de Chile.
En el marco de una Constitución ilegítima, Alianza y Concertación cogobiernan el país en beneficio de un puñado de grupos económicos. De la ciudadanía sólo se requiere un voto cada cuatro años y pasividad ante los desmanes políticos, financieros, sociales y culturales. No nos cansaremos de repetir las palabras de David Rothkopf: “Chile no es verdaderamente un país sino un club privado”. Alianza y Concertación trabajan para los propietarios de ese club.
Los partidos, en una brillante “transversalidad” que va de la UDI a los comunistas, viven en cúpulas cerradas que reproducen las condiciones de su existencia. Se limitan a levitar sobre el cuerpo social en el que casi no tienen raíces. La actividad política es un negocito de representación en el que cada partido tiene un “nicho” de mercado. Ya no hay programas, sino ofertas. En el plano de las ideas el encefalograma es plano. El mercado omnisciente es verdad revelada, indiscutible, dogmática, infalible. Para embellecer la realidad se manipulan los datos, los cálculos, la interpretación. Se manipula la realidad. Pero ella es testaruda.
Nuestro pueblo, ¿tiene alternativa? Esa es la cuestión. Quienes queremos reconstruir una Izquierda que se perfile como una fuerza capaz de dirigir el país con el pueblo y en beneficio del pueblo, partimos preguntándonos por qué aún no lo somos. La Izquierda, mayoritaria pero dispersa, representa los intereses de la inmensa mayoría de la sociedad por la simple razón que su objetivo primero consiste en devolverle al pueblo su soberanía.
En Chile hay que hablar de izquierdas. Pero la pluralidad y diversidad son potencialmente una gran riqueza. La tarea consiste en hacer de la diversidad una fuerza, transformando la dispersión en una sólida unidad de propósitos. Para pensar la Izquierda como alternativa para Chile, ésta dispone de una adecuada interpretación de la realidad socioeconómica del país. Y de un diagnóstico político correcto de las fuerzas políticas y de los intereses objetivos que ellas defienden. Alianza y Concertación heredaron el legado institucional y económico de la dictadura. Los empresarios del gran capital nacional y extranjero encuentran en ellos a sus mejores defensores. Si en las caras de los dirigentes de la Alianza se ven los rostros de los Matte y los Larraín, en la frente de los líderes de la Concertación están impresas las cataduras de los Luksic y los Angelini.
Limitada a esta disyuntiva, no existe sino la alternativa de elegir las llamas o las brasas. La construcción de la Izquierda desde el “antipiñerismo” está condenada a ser funcional a la Concertación y a sus grupos económicos. De ahí que la única vía posible sea la construcción de la Izquierda como una radical oposición al modelo institucional y económico.
Los principios y valores de la Izquierda viven en la conciencia de grandes grupos humanos, particularmente entre los jóvenes. Ellos cubren los derechos humanos y el respeto de la naturaleza. Son parte de lo más noble de la especie humana y no pueden ser segados definitivamente. Renacen cada vez que la codicia pone en peligro a seres tan inermes como los pingüinos Humboldt. O a los 33 mineros enterrados vivos en la mina San José. Cada vez que se reprime con saña a los “pingüinos” escolares en las calles. Cada vez que un niño, mujer o anciano no encuentran asistencia médica en los hospitales. Cada vez que el nombre de un ciudadano anónimo entra en las listas criminales de Dicom. Cada vez que la corrupción compra las conciencias de quienes tenían la obligación de cambiar esta cruel realidad.
La movilización a la que asistí en rechazo a la termoeléctrica de Punta de Choros fue una respuesta a la pregunta formulada más arriba. Allí había voluntad, coraje, espontaneidad y sana juventud, mucha juventud. Yo quiero una Izquierda que trabaje para esa juventud, para ese pueblo, para nuestra tierra. ¿Quién viene conmigo?
La aprobación de la termoeléctrica por los funcionarios de Corema designados por Piñera, marca un nuevo incumplimiento de sus promesas de campaña, y el desprecio de la clase política por el pueblo de Chile.
En el marco de una Constitución ilegítima, Alianza y Concertación cogobiernan el país en beneficio de un puñado de grupos económicos. De la ciudadanía sólo se requiere un voto cada cuatro años y pasividad ante los desmanes políticos, financieros, sociales y culturales. No nos cansaremos de repetir las palabras de David Rothkopf: “Chile no es verdaderamente un país sino un club privado”. Alianza y Concertación trabajan para los propietarios de ese club.
Los partidos, en una brillante “transversalidad” que va de la UDI a los comunistas, viven en cúpulas cerradas que reproducen las condiciones de su existencia. Se limitan a levitar sobre el cuerpo social en el que casi no tienen raíces. La actividad política es un negocito de representación en el que cada partido tiene un “nicho” de mercado. Ya no hay programas, sino ofertas. En el plano de las ideas el encefalograma es plano. El mercado omnisciente es verdad revelada, indiscutible, dogmática, infalible. Para embellecer la realidad se manipulan los datos, los cálculos, la interpretación. Se manipula la realidad. Pero ella es testaruda.
Nuestro pueblo, ¿tiene alternativa? Esa es la cuestión. Quienes queremos reconstruir una Izquierda que se perfile como una fuerza capaz de dirigir el país con el pueblo y en beneficio del pueblo, partimos preguntándonos por qué aún no lo somos. La Izquierda, mayoritaria pero dispersa, representa los intereses de la inmensa mayoría de la sociedad por la simple razón que su objetivo primero consiste en devolverle al pueblo su soberanía.
En Chile hay que hablar de izquierdas. Pero la pluralidad y diversidad son potencialmente una gran riqueza. La tarea consiste en hacer de la diversidad una fuerza, transformando la dispersión en una sólida unidad de propósitos. Para pensar la Izquierda como alternativa para Chile, ésta dispone de una adecuada interpretación de la realidad socioeconómica del país. Y de un diagnóstico político correcto de las fuerzas políticas y de los intereses objetivos que ellas defienden. Alianza y Concertación heredaron el legado institucional y económico de la dictadura. Los empresarios del gran capital nacional y extranjero encuentran en ellos a sus mejores defensores. Si en las caras de los dirigentes de la Alianza se ven los rostros de los Matte y los Larraín, en la frente de los líderes de la Concertación están impresas las cataduras de los Luksic y los Angelini.
Limitada a esta disyuntiva, no existe sino la alternativa de elegir las llamas o las brasas. La construcción de la Izquierda desde el “antipiñerismo” está condenada a ser funcional a la Concertación y a sus grupos económicos. De ahí que la única vía posible sea la construcción de la Izquierda como una radical oposición al modelo institucional y económico.
Los principios y valores de la Izquierda viven en la conciencia de grandes grupos humanos, particularmente entre los jóvenes. Ellos cubren los derechos humanos y el respeto de la naturaleza. Son parte de lo más noble de la especie humana y no pueden ser segados definitivamente. Renacen cada vez que la codicia pone en peligro a seres tan inermes como los pingüinos Humboldt. O a los 33 mineros enterrados vivos en la mina San José. Cada vez que se reprime con saña a los “pingüinos” escolares en las calles. Cada vez que un niño, mujer o anciano no encuentran asistencia médica en los hospitales. Cada vez que el nombre de un ciudadano anónimo entra en las listas criminales de Dicom. Cada vez que la corrupción compra las conciencias de quienes tenían la obligación de cambiar esta cruel realidad.
La movilización a la que asistí en rechazo a la termoeléctrica de Punta de Choros fue una respuesta a la pregunta formulada más arriba. Allí había voluntad, coraje, espontaneidad y sana juventud, mucha juventud. Yo quiero una Izquierda que trabaje para esa juventud, para ese pueblo, para nuestra tierra. ¿Quién viene conmigo?
Salvador Muñoz
Cientista político y presidente del Partido de Izquierda (PAIZ).
Publicado en Punto Final, edición Nº 717, 3 de septiembre, 2010
Publicado en Punto Final, edición Nº 717, 3 de septiembre, 2010
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